martes, 4 de junio de 2013

LOS ÁLBUMES DE FOTOS

DIA 33
                
Empieza la temporada de barbacoas. A pesar de no tener un tiempo perfecto, lo bueno de las barbacoas es que no son como las piscinas, no necesitas el mejor clima del mundo. En caso de que haga un poco de fresco, todos los asistentes se pueden acercar a las brasas. Y si no es por el fuego, es por el calor humano o por la acumulación de cervezas, pero el caso es que la barbacoa sale adelante.

                Pero el tema a tratar no son las barbacoas, eso lo dejaremos para más adelante. Este fin de semana iba en el coche camino a Segovia con Belén y Cristina. Nos quedaba un trayecto hasta nuestro destino, en el que nos esperaba una gran barbacoa. Mientras pasaban los kilómetros un castillo nos saludó desde la izquierda de la carretera. Cristina resultó ser una apasionada de los castillos y cuando viaja se desvía los kilómetros que sean necesarios para ver todos los que encuentra a su paso. Le gusta imaginar su historia, las batallas que habrá sobrevivido, como vivían sus propietarios, etc. En este caso, lamentablemente, yo soy un apasionado de las barbacoas y no iba a perder ni un minuto en llegar a mi objetivo. Sin embargo, me pareció una curiosa y entretenida afición.

                ¿Y a qué viene todo esto? Pues Cristina y Belén habían pasado hace poco  unos días en Cadiz de playa y desconexión. En su viaje pudieron visitar varios castillos y habían inmortalizado los momentos más emocionantes con una cámara digital. Lo normal. El problema es que la cámara se estropeó y ya no tienen ninguna foto. Adios recuerdos. Adios castillos. Adios cámara.

                Creo que a todos nos ha pasado algo similar. Mis sobrinos de recién nacidos tenían gigas y gigas de fotos. El primer bostezo, la primera sonrisa, el primer eructo, el primer pañal manchado…Uno podía pensar: como molaría tener todas estas fotos y verlas cuando eres mayor. Pues bien, creo que ya no queda ninguna. Típico virus que se carga disco duro, típico cd completamente rallado, típico pen drive que se metió en la lavadora con el pantalón…Adios fotos de enanos de los sobrinos.

                Esto me hizo pensar y me entró la morriña. Realmente tengo pocas fotos de pequeño, pero cuando las veo disfruto un montón. Las fotos de antes eran mucho más originales. Ahora se repiten quinientas veces hasta que todas las chicas que en ella aparecen salgan perfectas. Ya no existen fotos con los ojos cerrados, con alguien mirando a otro lado, con un espontaneo que descubres el dia que revelas el carrete, o algún idiota haciendo los clásicos cuernos al de su lado.

                Se ha perdido esa magia. Recuerdo cuando había habido algún tipo de evento tipo bodas, copas, bautizos, etc. Al día siguiente muchas veces quedaban dos o tres fotos para terminar el carrete y había que hacer algunas de relleno. Gracias a esta situación, en mi casa se guardan recuerdos con los que poder chantajear a mis familiares, especialmente a mis hermanas. Una vez terminado el rollo, lo llevabas a la tienda para ser revelado. Hasta que apareció el Vips con su revelado en una hora, tenías que esperar una semana para poder disfrutar de las nuevas instantáneas. Hoy en día esto es impensable, ya que a los dos minutos de ser tomadas las fotos ya están colgadas en la red, te han llegado por whatssap o han sufrido una transformación en Photoshop de modo que apareces abrazado a la celebridad del momento.

                El revelado en una hora fue todo un avance. Recuerdo ir con alguno de mis hermanos mayores al Vips de Sexta Avenida. En casa quedaban el resto de familiares expectantes para ver si alguna de las tomas era digna de ser enmarcada o colgada en el corcho del cuarto( actual tablón del Facebook). Para hacer tiempo comprabamos el pan, el Marca y nos dabamos una vuelta por el centro comercial, probablemente uno de los peores conocidos para cumplir esta tarea, ya que no había nada que hacer. Mirábamos el reloj infinitas veces. Antes de cumplirse la hora establecida ya estábamos en el mostrador por si acaso se adelantaba el proceso. Entregabamos nuestro resguardo y a cambio recibíamos un sobre o varios con todo el material. Mi hermano las sacaba y las iba viendo, pero a nosotros solo se no permitia verlas desde la retaguardia, asomando las cabezas sobre los hombros del poseedor. Normalmente no veía nada, pero oyendo los comentarios me hacia una idea de como habían quedado. Las situaciones que se daban eran las siguientes:

-        -  La foto que tanto esperaban tus padres se había velado y salía en blanco.

-      -   Despues de unas copas, la foto que te hiciste con “La Chica” sale movida y parece un orco. En el mejor de los casos, ella sale cerrando los ojos, que eran uno de sus mayores activos.

-       -   Los ojos rojos no había manera de quitarlos, y las fotos de familia Monster estaban a la orden del dia.

-      -    El flash había sido tan fuerte que las fotos de familia irlandesa tampoco se quedaban cortas.

Y mil posibilidades mas que no voy a pasar a detallar.

Ver a una persona repasando un carrete de fotos recién revelado era dramático. Cogiendo por los bordes, soplando, el meñique levantado del modo más snob. Cuando los pequeños queríamos verlas, todo el publico gritaba.

“Cuidado no pongas los dedazos!!!”

Debían pensar que no teníamos cerebro.

Y esto ocurría cuando eran fotos familiares, pero el drama venía cuando eran fotos del grupo. En verano siempre hacíamos barbacoas, y en aquella época, aparte del dinero para carne y bebidas espiritosas, había que poner también para cámaras desechables. Al día siguiente, los elegidos iban al proceso de revelado al sitio más cercanos, a una media hora de allí. Los elgidos solian ser en verdad elegidas. No por machismo, sino porque ellas tenían que ver siempre antes como habían quedado las fotos y pasar la censura.

“Tia que mal salgo aquí, quitala!”

“Que va! Sales genial!”

“¿En serio? Bueno dejala”  Desde el principio sabía que salía ideal de la muerte, pero nunca estaba de más que se lo dijeran.

Y al final era cuando llegaban los enfados y los llantos, ya que alguna de las que no había ido a recogerlas salía en una foto de lo más tremenda. La discusión estaba servida. Los chicos seguían viendo las fotos entre risas, mientras ellas consolaban y arreglaban aquel desaguisado. Por supuesto, nunca nos dabamos cuenta de esa foto, porque cada uno se buscaba a si mismo en todas y el resto le daba igual. En eso somos como las mujeres.

Pues lo echo de menos. Voy a empezar a imprimir fotos y a hacerme álbumes para poder pasarlo bien dentro de unos años. Creo que no hay nada más divertido que sentarme con mis hermanos a ver fotos antiguas. Ya me reiré dentro de un tiempo yo con mis sobrinos de todo lo que se iban a haber perdido.


Como pasa el tiempo…

jueves, 11 de abril de 2013

CICLISMO Y CHAPAS


DÍA 32

Aquí estamos de nuevo. Me ha costado, lo sé. Últimamente la vida me lleva un poco a rastras y el tiempo es un bien escaso para mi.

Pero se acerca el verano, pasando previamente por la primavera. En mis tiempos de niñez, en estas fechas, por abril, se corría la Vuelta Ciclista a España. Soy de los que siempre ha disfrutado de este deporte, pero especialmente en el Tour de Francia. No sabría decir si por ser mejor competición o por las fechas en que se disputaba. No hay nada mejor que una tarde de verano frente al televisor dispuesto a disfrutar de una etapa reina de montaña. Conectan a falta de 80 km de meta y con tres puertos de primera categoría por delante. Después de comer. La monotonía del pedaleo acompañado de lo insípido de los comentarios hacen de ese momento algo idílico. Te abrazas a Morfeo, o mejor a un cojín del sofá del salón, y dejas que la baba recorra tu barbilla hasta mojar la camiseta. ¿No es este el símbolo de un deportista entregado? ¿Sudar la camiseta? Pues entonces soy el mejor de los ciclistas.

Pero aquí no acababa todo. Después de la reponedora siesta abrías el ojo cuando quedaba la ascensión del último puerto. Lo que mola. Los ataques, las pájaras, el idiota corriendo al lado del ciclista que sueñas que caiga al suelo, las tácticas de equipo. Vamos, el ciclismo. Como he disfrutado con Indurain con su sonrisa y sin desabrochar el maillot, mientras sus contrincantes iban con la lengua por el suelo y deseándose la muerte. Parecía fácil, pero luego encima de una bici te dabas cuenta de que no podías subir ni de la carretera a la acera. 

Así qué no nos quedaba otra que la versión light del ciclismo: las chapas.

           El Marca, antaño un gran periódico, sacaba el especial con los equipos y sus corredores. Tocaba tarde de maillots. Los tres pequeños( Josemaría, Bosco y el que suscribe) recortábamos las plantillas sobre las que se "tejerían" nuestras equipaciones. Mientras tanto, Borja iba diseñando el resultado final. Nuestro cometido era sencillo y se terminaba en cinco minutos. Luego nos arremolinábamos en torno a Borja y disfrutábamos viendo como quedaban los colores que defenderíamos. Después de terminar cada maillot, lo levantaba y miraba orgulloso y nosotros esperábamos ansiosos a que nos lo diese para colocar con cariño en su "bici chapa". 

Era el día de la presentación de la carrera, no habría etapa. Preparándose para el comienzo del día siguiente te tirabas por el suelo practicando con tus nuevas chapas y poniendo la potencia del dedo a punto. Había que saber regular la fuerza y de año a año uno perdía la práctica. Teníamos que dejar el dedo con callo, rojito, con las marcas puntiagudas de las chapas cicatrizando junto a la uña. Todos soñábamos que ese año sería en el que conseguiríamos ganar a nuestro hermano mayor, o como poco, llegar con la cabeza de carrera hasta los puertos de montaña. Menuda noche esperaba. 

Al despertar seguíamos a Borja con la mirada. ¿Cuándo sería la etapa?¿Le habrá surgido algún plan?¿Me saldré en la primera recta? Tensa espera.

Al grito de "¡Enaaanoooos!" aparecíamos a la velocidad del rayo. Empezábamos. 

Sacábamos las cajas de rotuladores que hacían de vallas y marcaban el camino a seguir en la carrera. Mientras Borja diseñaba el recorrido nosotros le íbamos acompañando por la habitación, el pasillo, el salón, etc. Nos íbamos poniendo nerviosos ante una larguísima recta de sprinters o una curva cerrada para jugadores de precisión. Los puertos de montaña, construidos con cajas, tebeos y carpetas era lo que más tiempo llevaba. Si alguno se atrevía a entrenar en un puerto antes de que Borja terminara se llevaba gran bronca del Resto de participantes.

Salida de los corredores. El primer golpeo era muy importante y se podía ver como temblaban los dedos antes de separarse para impactar con la chapa y empezar a correr. Era dónde te demostrabas sí ese año ibas a estar entre los grandes o volverías al coche escoba. Cuando Bosco aún no dominaba el juego ni sus dedos, a pesar de empeñarse en jugar, no le dejábamos porque retrasaba todo y se hacía aburridísimo. De este modo, se nos ocurrió que la mejor forma de que no se enfadase y rompiera el recorrido con puertos incluidos era darle una función. Coche escoba. El venía por detrás de todas las chapas empujando los coches de juguete haciendo de jefe de carrera. Llevaba ambulancias, Ferraris, Porsches...vamos, el clásico contenido de la caja de 20 coches cutres de los chinos. Así lo teníamos feliz. 

Se sucedían los turnos. Ibas primero y los nervios te empezaban a recorrer todo el cuerpo. Mantener la posición sería un gran reto.

Y en los días de chapas siempre se daba la siguiente situación. Venía una amiga de mi madre. Sonaba el timbre y la carrera se detenía. Los cuatro tirados por el suelo levantábamos la cabeza en absoluta tensión. Mi madre saltaba entre los rotuladores casi sin mirar, tenía el don. Abría la puerta. Dos besos. Saludos. Y entonces empezaba la tensión. Mi madre entraba hacia el salón, una vez más sin mirar al suelo. Todo controlado. Pero la invitada, inocentemente, daba un primer paso y se llevaba el susto de su vida. 

"¡¡¡Cuidadooooo!!!"

Un grito clamoroso de cuatro energúmenos tirados por el suelo. Sonreía y saludaba. Como respuesta se encontraba caras de enfado mezcladas con la concentración del evento. En la época de Bosco como coche escoba y de director de carrera mostraba su desacuerdo con algún gesto que hacia huir a la espontánea. Al principio mi madre nos llamaba la atención.

"Pero bueno niños! ¡Saludad a Mengana!"

"Hola Mengana" respondíamos a coro.

"¿Te puedes quitar?" añadía Bosco.

Con el tiempo ya las amigas dieron por hecho que era temporada de chapas y aquello era sagrado. Siempre tenía más visitas en esas fechas y llegamos a pensar que ya lo tenían apuntado en sus agendas y venían aposta para ver sí era cierto aquello que se comentaba de los hijos de Sol. Los "educados niños de las chapas y los rotuladores".

Con amigas de mi madre o no, en alguna ocasión logré enfundarme el maillot amarillo. Un orgullo. Pero estas victorias no las podría haber conseguido sólo. ¿Por qué escribo todo esto? Porqué el otro día, un nuevo amigo mío, me recordaba lo difícil que es ser hermano mayor y la suerte que tengo yo de ser de los pequeños. Tenía razón, pero lo que no dijo es que todo eso depende de los mayores. Mis hermanos podrían haber pasado de nosotros, pero sin embargo se ocuparon de jugar y enseñarnos a disfrutar. A pensar en los demás. Probablemente preferían estar con sus amigos o viendo la tele, pero nos dedicaron su tiempo y nos enseñaron a ser felices.

Como adulto veo a mucha gente que se queja de que los niños no saben jugar, que sólo hacen caso a videoconsolas e internet.

La pregunta es, ¿has dedicado tiempo a enseñarles a jugar?

jueves, 17 de enero de 2013

DÍA DE LOS INOCENTES

DÍA 31


Llevo mucho tiempo sin escribir. La vida me ha llevado muy achuchado y no he podido sacar un hueco para darle vida a este blog. Hoy vuelvo con  una historia que me ha pasado estas navidades y que muchos de los que me la han oído contar me han animado a escribir. No tiene nada que ver con la línea de historias curiosas que he ido contando a lo largo de todos mis posts, pero creo que a veces merece la pena cambiar el registro.

Tengo un amigo que está en el Cielo. Lo curioso es que somos buenos amigos, pero nunca nos conocimos personalmente. Murió con pocos meses de vida y se fue directo al Cielo a cuidar desde allí de toda su familia y, cuando se lo pido, de mí también. Su nombre es Gonzalo y nació con síndrome de down. Actualmente, no es muy común ver niños como Gonzalo. La sociedad en la que vivimos prefiere deshacerse de ellos, no vaya a ser que les molesten.

Todo esto ocurrió el día previo a los Santos Inocentes, 28 de diciembre, lo que hace que sea mucho más especial.

Yo había quedado a comer con mi amigo Charlie para ponernos al día de muchas cosas. Durante toda la mañana estuve haciendo gestiones para terminar de conseguir unos papeles que necesitaba para firmar mi nueva casa. Aparqué bien el coche y decidí ir andando a cumplir todos los recados. Así me despejaría. Como ya he dicho antes, Gonzalo en muchas ocasiones había cuidado de mí, y yo recibía pequeñas caricias cada vez que le pedía algo. Pero aquella mañana yo estaba “enfadado” con él y se lo “echaba en cara” durante mis paseos por Madrid.

Tras finalizar mis tareas me dirigí hacia el lugar en el que había quedado con mi amigo. Estaba cerca de su trabajo, así no perdíamos tiempo en desplazamientos. A pesar de que el frío era notable, durante la espera me pedí una cerveza. Bien fresquita. Llegó Charlie y nos sentamos en una mesa. Menú del día baratito. Lo importante era la conversación, no los platos que pasaban por delante. Pero de repente, me giré hacia la derecha y vi algo que me llamó la atención. En una mesa no muy lejana estaba una señora mayor, de unos setenta y muchos años, comiendo con su hijo. Debía tener unos cuarenta años. Por sus rasgos característicos pude ver que tenía síndrome de down. Me llamó la atención y no pude dejar de desviar la mirada hacia ellos durante el resto de la velada. Gonzalo estaba jugando conmigo y yo aceptaba la partida. Me iba a ganar, claramente, pero era mi amigo.

Seguíamos Charlie y yo hablando de lo divino y lo humano y el juego se puso muy interesante. Los desconocidos habían terminado y se disponían a irse. La madre empezó a abrigar a su hijo para enfrentarse al ya mencionado frío de aquel día. Le puso el jersey. Después de forcejear para conseguir que la cabeza pasase al otro lado del cuello, ella le peinó con calma y cariño. Sacó una bufanda y poco a poco la fue colocando alrededor de su garganta. En sus moviminetos, aunque lentos, se notaba mucha experiencia, pero a pesar de haberlos hecho muchas veces en la vida, se notaba el mismo cariño que la primera vez. La sonrisa de su hijo llenaba todo el restaurante, o al menos a mi me lo pareció. Cogió sus muletas. El hijo se levantó para ayudar a su madre a ponerse el abrigo y finalizó el movimiento con un beso. ¿Era yo el único que estaba viendo la escena? Me entraron ganas de gritar al resto para que despertaran, pero aquel juego era entre Gonzalo y yo.

Se iban a marchar, pero algo dentro de mi me decía: “Tienes que hacerlo”

Me daba vergüenza, si no lo hacía no pasaba nada, en fin, sigue hablando con tu amigo…

Pero cuando ella pasó por mi lado todas las excusas se derrumbaron. Extendí mi brazo y lo posé sobre ella como pidiendo permiso para hablar. Me miró extrañada. De mi boca salió todo lo que tenía que decir:

“Muchas gracias por el ejemplo que estás dando. Gracias por aceptar este regalazo”

Su cara de extrañeza se iluminó. Se abrieron los ojos, se abrió la sonrisa, y luego nos abrió el corazón. Charlie flipaba. Ella me cogió del brazo y me explicó.

“ No sabes la ilusión que me hace que esto me lo diga un chico joven. Nunca me había pasado. Doy gracias a Dios todos los días por este hijo mío. Cuando estaba embarazada de él, le pedía  a Dios que me diera un hijo que le anunciara por el mundo, que fuera sacerdote o misionero y, al final, se me dio Él mismo. Ahora tengo conmigo al Niño Jesús todos los días de mi vida”

Nos contó muchas más cosas, pero esto c reo que es lo fundamental. Nos presentó a su hijo José María. Charlamos un rato y se fueron con la misma alegría de siempre.

Charlie y yo nos miramos. No hablamos. En nuestros ojos se intuían unas lágrimas que se agolpaban sin que las dejásemos derramar.

Más tarde, en mi coche, acordándome de mi “enfado” con Gonzalo me eché a llorar. Aquello no fue una caricia, fue un abrazo. No sabía muy bien el significado de lo que había pasado, pero me había encantado. Algún día espero entenderlo, pero si no, me queda la esperanza de que me lo explique Gonzalo en el Cielo.

Y esta historia tan personal,¿ por qué la cuento aquí? Han sido muchos los que me han pedido que la escriba y creo que podía ayudar. Este año he visto en Facebook cosas de cadenas de favores, o anuncios de Coca- Cola de la máquina de la felicidad, etc. Pues yo inicio esta nueva cadena de Gracias a la Generosidad. Cada vez que veas a unos padres con un hijo con síndrome de down, vence la vergüenza y acércate. Dales las gracias por su ejemplo y por su generosidad. Cuando veas el brillo en su cara tendrás tu recompensa. A ellos no les importa Facebook o Coca- Cola, porque tienen su propia “Máquina de la felicidad”

Gracias Gonzalo, ¿cuándo volvemos a jugar?

Gracias Mayte. Gracias Santi

lunes, 15 de octubre de 2012

LLUVIA DE BILLETES


DÍA 30

Era mi último año en el colegio como alumno. Todavía se llamaba COU a aquel curso que te abría las puertas a la Universidad. La tradición era montar una fiesta de la Promoción con padres y profesores. Discurso del Delegado, algún padre y algún profesor. Comida en versión cóctel y, por último, los alumnos preparábamos un festival.

Por motivos que no son del caso, y porque aquello me permitía faltar a clase, formaba parte del Cómite de festejos. Entre muchas propuestas, destacó una en la que se pedía que hiciéramos una camiseta de la Promoción, con todos los nombres, fotos o algo por el estilo. Me negué en rotundo. Ya sabía yo que esa camiseta cutre que se quería hacer iba a terminar como parte de arriba de pijama o para ese día en que te sientes manitas y pintas tu casa. Teníamos que hacer algo serio. Yo me encargaría con Eugenio de solventar aquella papeleta.

Por aquel entonces estaba muy de moda la marca FUMAREL. De gran aceptación en el colegio por su componente pijo y de rabiosa actualidad por haber vestido a nuestros olímpicos en los Juegos de Sidney.

Yo mismo realicé los diseños. Después de varios bocetos dimos con el adecuado. Ahora ya solo teníamos que negociar con Fumarel las condiciones de la compra. En aquella época me quedaban aún unos meses para ser conductor novel, así que nuestros traslados se realizaron en transporte público. Salíamos del colegio perfectamente uniformados y nos cogíamos varios autobuses hasta nuestro destino. Los que nos conocen a Eugenio y a mí, saben que tenemos una capacidad, aparentemente innata, de imitar a la clásica señora verdulera. Ponemos los acentos, los gritos, sabemos las frases más utilizadas por el gremio,etc. Pues aquí fue donde aprendimos. No por usar el autobús, cosa normal y de la que me siento orgulloso, sino porque las oficinas de FUMAREL estaban muy cerca de los estudios de TELECINCO.

 El autobús iba lleno hasta la bandera de adoradoras de Terelu y compañía. De las que parecen morir de risa cada vez que Bertín Osborne les dice una estupidez. De las que si Jesús Vázquez les hace una pregunta le piden darle un beso acompañado de un: “Es que eres mu guapo mi arma”. De las que hacen la risa de bote de los Morancos y Cruz y Raya… En fin, un espectáculo. Y en medio, nosotros de chaqueta y corbata aprendiendo el lenguaje de la calle.

No quiero dar más detalles que puedan hacer esto pesado, porque la verdadera historia no ha llegado. Conseguimos las sudaderas. Las vendimos. Eran chulísimas y superaban con creces  la idea inicial de la camiseta. Triunfo absoluto.

¿Y el dinero recaudado? Estaba en mi casa. No nos llamaban para pagar y mientras tanto soñábamos con que todo era nuestro. Un millón de las antiguas pesetas en billetes de curso legal. El fajo era de un tamaño importante. Algo había que hacer. Nunca había tenido tanto dinero en mis manos.

En las películas existían varias opciones de mostrar la felicidad que representa el dinero, por lo general conseguido de forma poco honesta. En nuestro caso todo era legal.

1. Saltos en la cama lanzando billetes al aire.

2. Encenderse pitillos con billetes. (En aquella época no fumaba y el billete quemado no lo iba a recuperar)

3. Imagen en el centro comercial comprando y comiendo todo lo que siempre has soñado. Normalmente piden un helado o batido que toman muy rápido y hacen como que les duele la cabeza.

4. Lluvia de billetes.

Estábamos Bosco, Eugenio y yo pensando que hacer. Las opciones 2 y 3 quedaron descartadas. No podíamos gastar el dinero. Primero vimos si la cama de mis padres soportaría tantos saltos de alegría y decidimos no arriesgar, así que la decisión estaba tomada. Lluvia de billetes.

Bosco se puso arriba de la escalera de mi casa. En los últimos escalones esperábamos Eugenio y yo con los brazos abiertos. Y empezó a soltar billetes y billetes. Nosotros reíamos y gritábamos. La situación era estúpida para cualquiera que se encontrase con nosotros. La broma duró poco. El tema de la cámara lenta acompañado de una emocionante banda sonora ayuda bastante al cine. En velocidad real y con gritos de energúmenos la cosa pierde mucha fuerza. Pero el sueño estaba cumplido.

Ahora teníamos que recoger el dinero desperdigado por la escalera y el recibidor. Recogíamos entre risas, pero a la hora del recuento, la risa tornó en desgracia. Nos faltaba pasta. Casi cincuenta mil pesetas. Pensamiento generalizado: “Somos idiotas”

Vuelve a contar. Falta más dinero aún. Vuelve a contar. Volvemos al principio. Pero, ¿dónde coño estaba el dinero? ¿Bosco nos había tangado mientras lanzaba billetes? Conseguimos recuperar la calma y empezamos a pensar. Cuando actúas en caliente no piensas. Detrás de los cuadros empezaron a aparecer los billetes perdidos. Qué alivio.

La primera idea era luego repetir la lluvia para que Bosco también la disfrutase, pero se nos habían quitado las ganas de tonterías.

 El dinero a la caja y los sueños para la cama.

jueves, 11 de octubre de 2012

LA PRUEBA DE AMISTAD


DÍA 29

                En mi tiempo de ocio hago muchas cosas y variadas. En mi tiempo de negocio, también la verdad. Pero a día de hoy, la mayor parte de mi tiempo la dedico a dar clase en un colegio. Después de haber estudiado la doble licenciatura en Derecho y Administración de Empresas, acabar como docente no es lo más normal. Muchos se bloquean cuando se enteran, pero la verdad es que me encanta mi trabajo.

                El primer año como profesor recibes millones de consejos. “Hasta abril, como un Guardia Civil”. Este era el más repetido y, además, el más acertado, pero por mi forma de ser se me hacía complicado cumplirlo. En ningún momento tuve problemas de que los niños intentarán tomarme el pelo por dos motivos. El primero, porque yo en el colegio fui un poco cabroncete y me sabía todas en varios idiomas. El segundo, tiene que ver con La prueba de amistad.

                Con una hora de clase puedes detectar claramente todos los roles de una clase. Alguno se te escapa y te sorprende más adelante, pero más o menos el pescado queda vendido. El jefe, el gracioso, el sicario que hace gracias cuando dice el jefe, el pelota, el empollón, el pasota, etc.

                Y allí estaba yo: el profesor nuevo. Un rol muy apetitoso para un alumno con ganas de juerga. Durante los primeros veinte minutos iba calando a la gente mientras explicaba el tema o en cuestión o presentaba la asignatura. Ya no lo recuerdo. El sicario gracioso trataba de hacerse notar, pero no prestarle ninguna atención hizo que se cansará.  Por informes previos ya sabía cosas de él que me decían que podía ser un payaso, pero lo que no sería nunca era un chivato. No era de los que a la mínima iba a ir corriendo a papá y a mamá.

                Seguimos la clase y el gracioso recobraba fuerza. Otra coña y pasaríamos a la acción.

                Llegó la coña y llegó mi movimiento.

                “Luis(nombre inventado), por favor, sal a la pizarra” dije con total tranquilidad, sin elevar la voz. Aquello le puso nervioso, ¿no le gritaba ni me enfadaba?

                Despacio y con dudas se acercó. Me senté en la silla del profesor. Cruce las piernas. Me apoyé en el reposabrazos y dejé descansar mi cabeza sobre el brazo derecho.

                “Luis, vamos a hacer una prueba de amistad”

                La cara de asombro del chaval era acorde a la del resto de compañeros que se miraban entre sí confundidos.

                “¿Quién es tu mejor amigo de clase, Luis?” la calma en mi voz hacía todo mucho más siniestro.

                “Juan” dijo mientras le señalaba y Juan se escondía detrás del libro como queriendo no tener nada que ver con el nuevo condenado de clase.

                “Juan, por favor, sal tú también a la pizarra”

                La cara de odio de Juan hacía Luis fue espectacular.

                “Juan, vas a demostrar que eres un buen amigo. El mejor. Vas a darle a Luis una colleja con todas tus fuerzas. Con todas, no me engañes. Si me parece que no le has dado bien, Luis suspenderá la evaluación, ¿y eso no es lo que tú quieres, verdad?”

                Risas. Risas de Juan y de Luis. Yo aguantaba la risa. Hablan entre ellos discutiendo que hacer. Parece que alcanzan un acuerdo y se disponen a deleitarnos con una imagen digna de youtube.

                Luis encoge el cuello, pero le pido que mantenga la cabeza erguida. Juan alza la mano entre risas. Le recuerdo que no puede ser débil, que le demuestre cuánto le quiere como amigo. La expectación es total. Cuando va a lanzar la “amigable” colleja Luis se echa para atrás. No está preparado.

   Recibir un collejón puede ser doloroso, puede picar, y a veces ni siquiera duele. El problema era la espera. La tensión de saber que estas esperando el guantazo de tu vida. El factor sorpresa le quita un punto de dolor a la cuestión. Aquí no había sorpresa, había agonía y un público expectante sediento de sangre.

Volvieron a la posición inicial. Luis se había armado de valor. La mano arriba como en una guillotina. El cuello estirado. El verdugo y el público ansiosos. La cuchilla cayó inmisericorde sobre aquel cuello expuesto y sonó como un redoble de platillos. Aplausos. Risas. Luis había sido un valiente. Se reía a la vez que se retorcía de dolor. Su amigo entre risas le pedía perdón.

Un mensaje se les quedó grabado.

Este año nos lo vamos a pasar muy bien, pero con don Rafa en nuestro lado.

Así fue.



Nota a pie de página: En caso de constituir algún delito, éste ya ha prescrito.

jueves, 20 de septiembre de 2012

LOS LADRONES SOMOS GENTE HONRADA


  DÍA 28         
   
              Este verano he probado por primera vez lo que se siente haciendo rafting. No esta mal. Había tramos muy chulos, pero luego pasabas largos ratos de remo sin sentido un poco aburridos. Gracias a Dios, los componentes de mi barca fuimos gritando todo el trayecto tratando de meternos en el papel y, en cierta medida, aumentamos la diversión.

                En total debíamos ser un grupo de casi treinta personas. Era la despedida de soltera de una amiga y nos apuntamos al tema rafting como si no hubiese mañana. Bocatas, toalla, dinero y tabaco. Ese era el equipaje más abultado. Tras una breve explicación nos dieron los neoprenos y nos embutimos en ellos. Embutimos. Esa es la definición, porque yo parecía un auténtico salchichón. Pasado un tiempo aquello cogía cierta holgura y empezabas a sentirte más cómodo, pero la primera impresión fue de total perdida de amor propio. Cuando ya te habías hecho uno con él era cuando alguien soltaba la esperanzadora frase.

                “¿Te imaginas que el que se lo ha puesto antes se meo encima?”

                Gracias. Hasta ahora era ridículo, en adelante sería asqueroso.

                Del rafting, la verdad, poco más tengo que contar. La verdadera historia comenzó al finalizar el descenso. Unas furgonetas nos recogían en el río y nos subían hasta el punto de partida. Allí nos esperaban nuestros coches con todas las pertenencias: móviles, alpargatas, camisetas, pitis, etc.

                No sin antes inmortalizar aquella estampa, nos quitamos el disfraz. Mi cuerpo agradeció que me quitase el neopreno después de dos horas y pico en absoluta congestión. Tito y yo comentábamos los avatares de la jornada sentados en el maletero del coche mientras nos cambiábamos. Pablo fumaba un cigarro a nuestro lado participando de la tertulia. Su ropa estaba en otro coche y hacía tiempo hasta que llegase su hermana.

                Y Laura, la hermana, apareció. Venía andando relajadamente desde su coche. Con una calma que produce pasmo, como si fuera algo normal en su vida, se acercó y dijo: “Pablo, vamos a tener un problema para irnos…” No le dimos más importancia, sería alguna tontería.

                No lo era.

                El mando tenía un botón específico para abrir SOLO el maletero. Laura lo usó en aras de un uso más económico de la energía. ¿Para qué abrir todos los pestillos cuando puedes abrir solo uno? Levantó la puerta del maletero y dejó las llaves sobre la bandeja trasera. Cogió sus cosas y, ni corta ni perezosa, cerró de un portazo. En ese momento se le produjo un nudo en el cerebro. Desde el otro lado del cristal le miraban, como riéndose, las llaves de su coche. Los pestillos se cerraban automáticamente, así que no había modo de recuperarlas.

                En ese momento la generación de internet  hizo acto de presencia. Ahí estábamos todos dando opiniones sobre cómo se abría un coche. Lo habíamos visto en Youtube. Perchas, bolas de tenis, portaminas…Miles de opciones, pero no os fieis mucho de Youtube. De hecho, una vez la bolita de mi Blackberry dejó de funcionar. Busqué un video que me permitiera solucionarlo sin ir a la tienda. “No más que es muy sencillo…” Empezó diciendo un joven mejicano. Y la verdad es que lo parecía.

                Tampoco lo era. Me quedé sin bolita.

             Fuimos a pedir percha y bola de tenis a los que regentaban aquel local. Les explicamos el problema y sonrieron como pensando: “Aficionados” La típica escena de Disney. Unos maleantes que, mezclados en la sociedad, ocultan su pasado. La sonrisa deja entrever un par de dientes de oro que brillan acompañados de un sonido “ TLIN”, y un guiño a su compinche.

                “Nosotros os lo abrimos, no es la primera vez que pasa”

                Justo entonces recordamos que una de las indicaciones hechas antes de empezar fue: “Dejad las cosas de valor en los coches…” Aumentan las especulaciones.

                Traen una varilla larga, unas toallitas y dos destornilladores. La toalla la ponen sobre el borde de la puerta. Con los destornilladores sobre la toalla hacen palanca hasta doblar en parte la puerta y consiguen meter el alambre. Estamos flipando. Pablo, que tenía el móvil a punto para llamar al seguro, ahora duda si llamar a la Mutua o a la Policia.

                La idea era enganchar el manillar de la puerta y tirar hasta que se abriera. El alambre era muy fino y no aguantaba tanta fuerza. Segunda opción. Llegar a apretar el botón del cuadro de mandos que abre todas las puertas. El alambre era muy corto. Mierda de alambre…

                Apareció otro de los “ladrones” con un hierro largo y fuerte, así que volvían a la carga, pero esta vez, por la otra puerta. Todos los que habíamos ido al rafting asistíamos emocionados al rescate. Rodeando el coche y con la cara pegada al cristal. Comentarios de todo tipo. Risas. Los dueños del coche: Nervios.

                Finalmente lo consiguieron. Aplausos. Abrazos. Colecta para dar un propinón al “ladrón”. Piti comentando y a los coches.

                No sé a qué se dedicaban antes. La verdad es que tenían bastante pericia en el arte de la apertura de coches, pero a nosotros nos habían dado la vida. Así que, como buen final Disney, los “ladrones” se habían hecho buenos.

                Porque en el fondo, los ladrones somos gente honrada.

                Se rumorea que Laura no ha vuelto a usar el “Botón Económico”            

miércoles, 19 de septiembre de 2012

EL COREANO


  DÍA 27             

              Me empiezo a dar cuenta de que en mi época universitaria raro era el día en que no me pasaba algo curioso. Rodajes de películas, huelgas, avisos de bomba, pero hoy me he acordado de mi primera 
experiencia con el mundo de las multinacionales.

                No recuerdo la época del año, pero estaba en la terraza del Paraninfo, asi que sería en primavera. Una cerveza y unas croquetas. Un manjar que solo el aceite cien veces usado de aquella cafetería convertía en plato de estrella Michelín. Mi móvil empezó a vibrar y me despertó del proceso de fotosíntesis. Era Álvaro, un amigo mío de Barcelona que en aquella época estaba montando su propia agencia de medios. Hacia tiempo que no hablaba con él, así que respondí al teléfono ilusionado a la vez que sorprendido. Tras la puesta al día de rigor me soltó la bomba.

                “Rafa, ¿tienes la tarde libre?”

                Pregunta compromiso. ¿Qué querrá? Estaba libre y mi amigo necesitaba un favor. Daba un paso al frente voluntario, pero la curiosidad me estaba matando.

                “Verás. Vamos a montar un evento para Samsung en unos meses en Madrid…”

                Perfecto. Necesita azafatos. Soy tu hombre.

                “Necesito alguien allí para enseñar las localizaciones de nuestros stands en la ciudad…”

                Bueno, guía turístico tampoco estaba mal.

                “Les he dicho que nuestro socio en Madrid se encargaría de todo…”

                Bien, pues que se encargue tu socio.

                “Obviamente no tengo socio en Madrid, y vas a ser tú”

                Me entró la risa. La explicación siguió y cada vez era más divertido. Iba a venir un coreano de Samsung para supervisar toda la operación. Yo, como socio de GT Media, le tenía que “tomar el pelo”. Llevármelo a varios Carrefour de la Comunidad de Madrid y venderle la moto. El problema es que yo no tenía ni idea de que moto tenía que vender y, por lo que parecía, Álvaro tampoco mucho. La cosa era que yo le hiciese el lío al coreano para que aceptase, vender un poco de humo, y luego él se encargaría de todo.

                “Tranquilo, este verano te pago unas cuántas copas” Sigo sin recibir nada. El año que viene se lo recordaré.

                Junto a mí estaba Juan Villanueva. Le engañé y empezamos a prepararnos. Lo primero, ponernos traje. Imprescindible. Lo segundo, comida de empresa en el Burguer. Lo tercero, llamar al coreano.

                Para hacer todo mucho más curioso, el coreano se llamaba: Yo. No es coña. La conversación telefónica fue de cámara oculta.

                “¿Yo?” Pregunté. “Yo” Respondía. “¿Yo?” “Si, yo” Asi durante un rato hasta que nos pusimos de acuerdo. Nos veríamos por la tarde en el Carrefour de San Sebastian de los Reyes( creo que estaba allí)

                Esperábamos en el parking junto al coche. Habíamos llegado con tiempo para ver el edificio por dentro y pensar que le iba a contar a nuestro querido señor Yo. Un coche grande con cristales tintados apareció y aparcó junto a nosotros. En el momento en que bajó un coreano bajito seguido de un hombre y una mujer parecía que íbamos a hacer una entrega de drogas. Lo reconozco, estaba un poco nervioso, pero hasta entonces yo creía que el señor Yo era un mindundi que pinchaba en Samsung casi tan poco como yo en GT Media.

                El hombre y la mujer iban detrás de él haciendo reverencias y besando el suelo donde pisaba. Me empecé a mosquear. Se presentaron. El señor era un jefazo de Samsung España, la señora no lo recuerdo, pero también cortaba el bacalao, y el coreano, al parecer era un semi dios de Samsung.

                Juan y yo nos miramos. Todo el menú combi del Burguer empezó a sudarlo mi cuerpo. Ante todo, tenía que mostrar tranquilidad y aguantar el farol. Total, el coreano no se iba a enterar de nada…

                ¿De nada? Empezó a hablar en español y parecía que había nacido en Valladolid. Había que tirar de la épica. Esto era como un examen en el que en una de las preguntas te han pillado y tienes que tirar de inventiva. Mi especialidad. Pero el problema es que estos solía acabar suspendiendo. Cuando llamé a Álvaro para comentarle el personal que había venido flipaba mientras se meaba de la risa.

                Lo di todo. Me preguntaba por la ubicación de los stands y yo le defendía todos los pros y los contras, las zonas calientes del supermercado, la visibilidad del producto, etc, etc. Sin tener ni idea de lo que realmente decía, pero a base de oir este tipo de cosas a profesores y entendidos se me había ido quedando.

                Varios centros comerciales fallidos después, acabamos por encontrar algo de su agrado. Lo mejor era que cada vez que yo me marcaba un discurso comercial, los dos jerifaltes de Samsung España asentían con la cabeza y aplaudían mis comentarios. El coreano fue más duro de roer, pero terminó cayendo.

                Cada vez que llamaba a Álvaro sus risas iban en aumento. Yo solo pensaba: “¡Cabrón!”

                Al final lo conseguimos. El Socio de GT Media resultó ser un figura.

                Eso si, la próxima vez que me avisen con tiempo